Exguerrilleros disidentes de las FARC esperan que De La Espriella “salve su desarme”
Reconocieron que su victoria el pasado 21 de junio, provocó miedo e incertidumbre por su promesa de mano dura contra los grupos armados ilegales.
Wilson Uraparí pasó seis años sin hablar con su madre y Adrián Zambrano dice que no volverá a empuñar un fusil, pero ambos esperan, junto a otros 97 exguerrilleros de Comandos de la Frontera, que el presidente electo, Abelardo De La Espriella, mantenga el proceso de paz que los llevó a dejar las armas.
Wilson y Adrián estuvieron en las filas de Comandos de la Frontera, un grupo armado ilegal que hacía parte de la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB), disidencia de las antiguas FARC, que mantiene influencia en los departamentos de Putumayo y Nariño, en la frontera entre Colombia y Ecuador.
"La verdad, queremos que haya una paz total, no solamente aquí, sino en todo el Putumayo", dijo a EFE Wilson, de 25 años, quien ingresó al grupo armado cuando tenía 19 y asegura que nunca imaginó que el cambio más importante de su vida llegaría después de dejar las armas.
La historia de Wilson se repite, con matices distintos, entre los 86 hombres y 13 mujeres que el 18 de junio dejaron las armas e ingresaron a la Zona de Ubicación Temporal (ZUT) en el municipio de Valle del Guamuéz, en el selvático Putumayo, como parte de los compromisos asumidos en la mesa de diálogos que el Gobierno del presidente saliente, Gustavo Petro, mantiene con Comandos de la Frontera desde 2024.
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Durante los seis años que Wilson permaneció en armas no volvió a hablar con su madre, que terminó creyéndolo muerto, y solo cuando llegó a la ZUT buscó a un familiar por redes sociales, logró contactarlo y, tras enviar una foto de un antiguo documento para demostrar que realmente era él, recuperó una relación que daba por perdida.
"Ahora todos los días la llamo o ella me llama", cuenta, mientras asegura que su nuevo sueño es estudiar enfermería y ejercer esa profesión por fuera de la guerra.
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Atrás quedaron los campamentos en la selva, los combates y hoy sus días transcurren entre talleres, partidos de fútbol, murales pintados por ellos, jardines y pequeños semilleros de plantas medicinales que empiezan a transformar el lugar.
Expectativa por el cambio de Gobierno
Sin embargo, la tranquilidad con la que intentan reconstruir sus vidas choca con la incertidumbre del futuro del proceso a partir de este 7 de agosto cuando asuma el poder el nuevo Gobierno de De La Espriella, quien ha prometido acabar con el programa de 'paz total' de Petro.
Adrián Zambrano reconoció que la victoria de De La Espriella el 21 de junio provocó miedo e incertidumbre por su promesa de mano dura contra los grupos armados ilegales y la delincuencia en general, pero insistió en que ninguno de los excombatientes quiere abandonar el camino emprendido hace apenas seis semanas.
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"Que le siga apostando a la paz, que la guerra no trae nada bueno. A nosotros que no nos dejen solos; los 99 que estamos aquí queremos seguir apostándole a la paz y no volver a tomar las armas", afirma.
Luego lanzó una invitación directa a De La Espriella: "Que venga, conozca el lugar y vea lo que realmente se está viviendo acá adentro, no lo que dice la gente afuera".
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La instalación de la ZUT fue uno de los principales avances de la negociación con el Gobierno saliente y permitió la concentración de los 99 integrantes del grupo que hicieron dejación de armas mientras avanzan los compromisos del proceso.
Para Armando Novoa, jefe negociador de la delegación del Gobierno en estas conversaciones, desmontar la ZUT supondría "un suicidio institucional", porque enviaría el mensaje de que ningún grupo armado puede confiar en los compromisos asumidos por el Estado si estos dependen del cambio de Gobierno.
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"A mitad de camino el Estado no puede cambiar esa hoja de ruta e invitarlos a que vuelvan a la violencia y tomen las armas", sostuvo, al defender la continuidad de un proceso que, asegura, ya generó expectativas legítimas entre quienes decidieron regresar a la vida civil.
Mientras esa decisión llega, Wilson sigue imaginando el día en que pueda matricularse en una universidad para estudiar enfermería y Adrián piensa en montar un negocio cuando termine su tránsito por la ZUT.
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Los dos saben que el futuro del proceso dependerá de las decisiones del nuevo presidente, pero también coinciden en que, después de haber dejado atrás la guerra, no contemplan volver a ella.
EFE